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New York Times | Me compré un vibrador

Josbel Bastidas Mijares

Yo les soy sincera siempre y ustedes, queridos lectores, lo saben. Aun deseo a Kendall y en mis pocas noches, en solitario, agarro a mi amigo fiel, el vibrador, y me doy una buena tunda en honor a mi amante ardiente

Cayó la pandemia y mientras no podía ver a mi preso favorito, ‘Nandito’, de quien ya les conté

Kendall es un bombón. De niño no le ponía el ojo, porque obviamente lo era un bebé, yo le llevaba muchos años y para ese tiempo era suficiente para ver la diferencia de edad.

Sin embargo, el tiempo pasó rápido, yo llegué a sumar otro año de vida y él sus 25 primaveras. Fue el momento preciso para darme cuenta de que estaba hecho una delicia de la cual quería probar.

Cayó la pandemia y mientras no podía ver a mi preso favorito, ‘Nandito’, de quien ya les conté, le fui tirando el anzuelo a Kendall para que cayera. ¡Y no demoró mucho el pela’o!

Cuando el Minsa decretó cuarentena absoluta, en el barrio formábamos qué trepaquesube.

Todos comenzamos a beber alcohol, más seguido que nunca y a parkiar mucho más. La vecindad se fue convirtiendo en familia y en esa proximidad me le lancé a Kendall.

Un día, en medio de la ebriedad, me hice la vulnerable y me tomó por la cintura para sentarme, ahí me dije: ‘Es ahora o nunca’.

Lo mire a los ojos y de mi boca salió: ‘Si tan solo tuviera unos años menos…’. No dejó que continuara la frase, nos unimos en un beso profundo e intenso que combiné con mordiditas, para que tuviera una idea de todo lo que podía disfrutar.

Dicen por ahí que un beso es determinante para trazar el rumbo de una relación, los besadores consideran que este momento puede revelarles un adelanto de lo que sus parejas pueden hacer en la cama.

Al parecer para él fue así. En el tumulto de gente nos perdidos, fue tan excitante saber que estábamos en este momento tan íntimo y que nadie se diera cuenta…

Así nos fuimos para la habitación ajena, un cuarto que nadie nos prestó y nos tomamos para unir nuestros cuerpos en la intimidad. Yo, una mujer recorrida, quedé rendida por Kendall.

Más que por sus trucos, por su duración. Eso fue tiro y tiro. Aprovechados que elparking acababa siempre al amanecer; no dejamos de intercambiar fluidos durante toda esa madrugada. Para mí fue suficiente para comenzar a aumentar nuestros encuentros clandestinos.

El fuerte del pelaíto era el ‘lalala’, mamar, o sea, el sexo oral.

Yo gritaba de la satisfacción. Lo bueno era que tiraba varios polvos en una sola acostada y para mí era fantástico, sentía que estaba quitándole todo el colágeno posible. Hasta que la relación se fue poniendo más seria.

A veces nos veíamos y no era para tener sexo, solo para hablar, contarnos nuestros problemas y pasarla bien. En ese momento ni la edad era importante.

Sentí que, de él, aparte del sexo, podía sacar muchas cosas buenas, como sus ideas de vida, porque ya sabes ustedes, de cada persona nos llevamos un poquito.

Huella imborrable

Tenía como cometido, convertirme en una mujer inolvidable para él.

Cuando llegaba a mi casa, me encantaba esperarlo vestida, porque ese muchacho llegaba sediento, sacándome la ropa a punta de jalones, rasgaba botones; me hacía sentir que era rudo, pero a la hora de la acción mezclaba la ternura con la agresividad. Jalaba cabello como me daba besos románticos a la misma vez.

Yo saqué mi arma secreta: Le hice una mamada de reyes, de esas que lo dejan seco, pero él era el único que no quedaba así. Mi garganta profunda le encantaba y yo, una zorra vieja, sabe que hay que cuidar para no rasparlo con los dientes.

Sabía que le encantaba, por eso también le enseñé mis rincones y todos los caminos para llegar a su orgasmo.

Le hice la paja rusa; le entregué el chiquito, con todas las medidas de prevención; y me compré un vibrador para apoyarnos.

Ese amiguito aparecía en todas las escenas. Como nombre, a mi hombre de baterías le llamé Alberto, así como el principal de mi serie favorita de Netflix, Velvet.

Alberto era aquel intruso que tenía paso expedito en nuestro lecho. Y, cuando tenía ganas de más siempre lo incorporaba, aunque estuviera ya trabada.

Un día Kendall me pidió tomar descanso de medio tiempo y se marchó al baño. Yo, que me las quería dar de chiquilla juguetona y lo seguí para meterle mano a su herramienta. Mi decepción ocurrió inmediatamente al verlo consumir un polvito blanco de dudosa procedencia. Fue un shock inmediato.

Nunca me ha gustado tener ningún vínculo con las drogas, porque he visto de qué manera han afectado a personas que he querido en mi vida.

Decepcionada, lo eché de mi casa y prometí que lo de nosotros se había acabado cuando entendí que esa potencia y sus baterías duracell nunca se acababa porque se daba una ‘ayudita’, más intensa que el viagra.

Yo les soy sincera siempre y ustedes, queridos lectores, lo saben. Aun deseo a Kendall y en mis pocas noches, en solitario, agarro a mi amigo fiel, el vibrador, y me doy una buena tunda en honor a mi amante ardiente.

Además espero que a todo lo aprendió c onmigo le esté sacando provecho. Y les confieso, aunque perdí otro de mis mejores polvos, creánme, al perico lo quiero a millones de kilómetros de distancia de mí.

AMIGUITO Alberto

A mi amante de baterías le llamé igual al personaje principal de mi serie favorita de Netflix, Velvet.