Economía

A los cubanos que dimos la espalda…

 

No nos engañemos. Los cubanos que el domingo se atrevieron a desafiar al régimen en la calle no lo hicieron para protestar contra la crisis económica, agravada por la pandemia; ni contra el embargo, ni contra el fallido gobierno de Miguel Díaz-Canel. Los cubanos protestaron porque no son libres. Punto.

No existe un solo cubano -excepto los que salieron de Cuba que haya conocido otra cosa que no sea la dictadura. Por eso, los dos gritos que más se escucharon el domingo en los videos que circulaban en las redes fueron “abajo la dictadura” y “libertad”.

Libertad para vivir en una democracia, incluso aunque sea una democracia corrupta, profundamente injusta, hipócrita y a veces criminal -¿les suena todo esto?- porque, aunque sea la más imperfecta, los cubanos anhelan el derecho del resto de latinoamericanos a votar a otro candidato o a otro partido que no sea el único impuesto; anhelan el derecho a una prensa independiente que les informe si el gobierno de turno está mintiendo o está robando; y anhelan el derecho a equivocarse o a arrepentirse de su voto y castigar al partido oficialista, votando por otro en las próximas elecciones.

Y este derecho a vivir en democracia se lo negamos a los cubanos, con una frialdad pasmosa, producto de una anomalía que se arrastra desde hace décadas: la izquierda latinoamericana sigue hipnotizada con el mito de Fidel Castro y se niega a reconocer que esa revolución degeneró en una dictadura, que fue lo que ocurrió cuando el líder revolucionario traicionó su palabra de devolver el poder al pueblo.

Para rematar la desgracia del pueblo cubano, nada ayuda más a mantener viva esa anomalía de la izquierda latinoamericana que la estupidez histórica del embargo estadounidense, que castiga al pueblo y permite al régimen ir de pobre víctima por el mundo.

Esta anomalía explica por qué Andrés Manuel López Obrador no haya entendido o no le interese el grito de auxilio de los cubanos y se limite a decir que “si de verdad se quiere ayudar a Cuba lo que se debería hacer es suspender el bloqueo”.

Las palabras del mandatario mexicano le habrán sabido a miel a Díaz-Canel y al resto de jerarcas del Partido Comunista cubano, pero desde luego no a los cientos de cubanos que salieron a la calle a protestar ni a los millones que callan por miedo a la represión, que lo que quieren es algo tan fundamental como la democracia, la misma, por cierto, que le permitió al líder de Morena llegar al poder.

Lo repetí cuando la crisis en Venezuela y Nicaragua y lo repito ahora: anteponer el derecho de no injerencia al derecho humano a vivir en una sociedad libre equivale a legalizar los crímenes de los regímenes de terror que encabezan Nicolás Maduro y la siniestra pareja Daniel Ortega y Rosario Murillo.

Si el hartazgo en Cuba degenera en nuevas protestas y en un baño de sangre, México y el resto de democracias no pueden seguir mirando a otro lado, como si no pasara nada, o reiterando el “sagrado” principio de no intervención.

Nadie está pidiendo una invasión militar, sino una dura respuesta diplomática a las amenazas de Díaz-Canel y su llamado “al combate” contra ese pueblo cubano al que siempre hemos dado vergonzosamente la espalda.