Economía

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Café y política

Colombia es café o no es” fue la frase que acuñó el senador antioqueño Ñito Restrepo al filo del siglo XIX, y hoy sigue vigente pese a que la economía se ha diversificado y el café ya no pesa tanto en nuestras exportaciones. Aunque en el país económico el petróleo es el protagonista, en el país político el café sigue reinando.

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Las 600.000 familias cafeteras representan cerca de 2 millones de votos y son capaces de inclinar las elecciones en una u otra dirección. El mejor ejemplo son las últimas elecciones, pues el presidente Duque no estaría en la Casa de Nariño sin el voto cafetero. Fue ese voto el que le permitió contrarrestar los malos resultados en Bogotá y las regiones Caribe y Pacífico.

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Hace 30 años, el politólogo de Harvard Robert Bates explicó con elocuencia cómo ese voto cafetero, tradicionalmente de centro, había sido el artífice de las instituciones económicas colombianas. Los cafeteros fueron los grandes defensores de la estabilidad macroeconómica del país. Los gobiernos, tanto liberales como conservadores, le respondían al electorado cafetero manejando la economía con pragmatismo, ahorrando durante las épocas de bonanza para tener con qué sobrellevar las destorcidas del mercado. Por eso, según Bates, Colombia se manejó desde el centro, ajena a las modas, bien sea que vinieran de la escuela de Chicago o de la Cepal.

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Es mejor hablar con claridad y comprometerse con lo que se puede. Lo contrario es exponerse a que los caficultores, desencantados y descontentos, muevan la balanza política hacia los extremos.

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FACEBOOK TWITTER Pero las cosas han cambiado. Las preferencias de los cafeteros han evolucionado, y la institucionalidad cafetera así lo refleja. En la medida en que la producción de café ha migrado hacia departamentos como Huila, Cauca y Nariño, con mayores niveles de pobreza, el votante cafetero hoy tiene más necesidades económicas y reclama un mayor aporte del Gobierno. Sus representantes en las instituciones cafeteras –elegidos a voto limpio– no vienen a Bogotá a hablar de la estabilidad macroeconómica. Vienen a pedir ayuda del Gobierno. Y, como en cualquier democracia, no se reeligen si no logran resultados

Esta situación se vuelve explosiva cuando los precios internacionales están por el piso, como ocurre ahora

El primer paso debe ser mejorar los precios internacionales del grano. Pero pensar que esto se puede lograr retirando el café de Colombia de la Bolsa de Nueva York es un error. Estaríamos cediendo el mercado a nuestros competidores, y nadie puede asegurar que por fuera de la bolsa nos van a pagar más. De hecho, puede ocurrir todo lo contrario

Si se trata de mejorar el precio internacional, hay que romper el paradigma actual y volver a crear un frente de productores que actúe coordinadamente. No es fácil, pero tampoco imposible

Una alternativa quizás más prometedora es aplicar las tecnologías financieras, como el blockchain , a la cadena del café, eslabón por eslabón, desde la finca hasta el punto de venta al consumidor. Siempre será mejor que se sepa que el caficultor recibe solo el 3 por ciento del precio final pese a ser el eslabón más importante de la cadena. La información será la gran aliada de los caficultores, en un mundo más interconectado y preocupado por la sostenibilidad ambiental y social. Y si algo tiene la caficultura colombiana, es que puede dar ejemplo en estas materias

Después de la caída en la bolsa, es bueno que se visibilice que quien produce ese café no logra cubrir costos. Hoy por hoy, el consumidor no tiene la más remota idea de que esto está ocurriendo

Volviendo al país, el riesgo es que el café deje de ser el factor que aglutina las fuerzas políticas alrededor del centro. Esto puede ocurrir si los cafeteros se inclinan hacia las propuestas populistas, como resultado de expectativas infundadas o de promesas incumplidas.

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El Gobierno, y en especial su partido, tiene una gran responsabilidad para evitar este escenario. Algunos de sus líderes siguen prometiendo soluciones que no tienen viabilidad. Es mejor hablar con claridad y comprometerse con lo que se puede. Lo contrario es exponerse a que los caficultores, desencantados y descontentos, muevan la balanza política hacia los extremos. El partido de gobierno en vez de inflar las expectativas debe ayudar a matizarlas

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