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Un cuento chino

El 22 de octubre de 1950, un año después de que nuestro Congreso promulgase una nueva Constitución que permitiría la reelección indefinida del presidente de la Nación, concediéndole así una suerte de inmortalidad simbólica, Jorge Luis Borges publicó en LA NACION un corto texto ahora clásico, “La muralla y los libros”. Su propósito, nos dice Borges, fue meramente reflexionar sobre el emperador chino Qin Shi Huang (que Borges llama según la antigua nomenclatura Shih Huang Ti), quien a principios del siglo III a.C. “prohibió que se mencionara la muerte y buscó el elixir de la inmortalidad”. Famosamente, Qin Shi Huang ordenó la edificación de la larga muralla y la quema de todos los libros anteriores a él. En tres admirables páginas Borges menciona ciertos aspectos esenciales de ese misterioso personaje; sin embargo, pasa por alto ciertos otros tan singulares como las dos colosales empresas que la fama le atribuye.

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Durante su gobierno, Qin Shi Huang, junto con su ministro Li Si, trató de establecer un plan de reformas económicas y políticas con la intención de unificar una gran nación agrietada y corregir las prácticas de corrupción administrativa del gobierno que lo precedió, transformando un país feudal en una nación federativa. Estas medidas le valieron la admiración de las generaciones futuras, aunque Tom Ambrose, en su sesudo estudio sobre los orígenes de las tiranías, califica a Qin Shi Huang como “el fundador del primer Estado policial de la historia mundial”.

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Stephen Haw, autor de una breve Historia de Beijing , sugiere que la ambición de poder de Qin Shi Huang nació de una experiencia traumática en su adolescencia. Después de la muerte de su padre, el rey Zhuangxiang de Qin, opositores al nuevo monarca, quien tenía entonces tan solo trece años, hicieron correr el rumor de que el niño no era hijo legítimo del rey, sino de un mercader, Lu Buwei, amante de la concubina real. En una sociedad que, bajo la influencia de la ética de Confucio, consideraba a los mercaderes la más aborrecible de las clases sociales, tal acusación resultaba sumamente oprobiosa. Cuando, después de permanecer secuestrado bajo la tutela de un regente del palacio en la lejana provincia de Zhao, Qin Shi Huang por fin ascendió al trono, la primera acción militar del joven emperador fue invadir la provincia donde había sufrido su traumático secuestro y ejecutar a los gobernadores. Qin Shi Huang decidió tomar el título de emperador primero para hacer que la historia de China empezase con él. Un siglo más tarde, después de la muerte del inmortal emperador, el célebre poeta Jia Yi escribió que Qin Shi Huang “carecía de empatía hacia sus súbditos” y anteponía sus intereses políticos a la acción de la Justicia. “Tomar el poder”, escribió Jia Yi, “difiere fundamentalmente de preservar ese poder”.

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Según los historiadores Gregory Veeck y Clifton Pannell, la principal pasión del emperador fue la ingeniería; aún hoy pueden verse a través de toda China restos de la gran red de canales y caminos construidos por orden de Qin Shi Huang. Las empresas culturales, en cambio, eran para él de poco interés. Su ministro Li Si le había advertido que poetas y filósofos, basándose en los textos albergados en las grandes bibliotecas del país, harían comparaciones entre su gobierno y los precedentes, y que él podría resultar desfavorecido. Para evitar este deshonor, Li Si le aconsejó que ordenase la destrucción de los libros anteriores a su ascenso al trono, conservando solo la compleja burocracia tecnológica que los catalogaba y poniendo tecnócratas a la cabeza de las instituciones culturales. Borges anota que esa empresa de destrucción no era banal: para aquella época, la cultura china incluía entre cientos de nombres ilustres los del Emperador Amarillo, Chuang Tzu, Confucio y Lao Tzu.

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Siempre siguiendo los consejos de su ministro, Qin Shi Huang tomó control de la hasta entonces autocrática Escuela de Confucianismo, ordenando que 460 filósofos de esa cofradía fueran enterrados vivos con sus libros. (Investigaciones del sinólogo Ulrich Neininger sugieren que los así condenados fueron alquimistas y no filósofos.) Cuando en el siglo XX, después de la Revolución Cultural, un opositor intentó comparar a Mao Zedong con Qin Shi Huang, Mao se indignó: “Él enterró a 460 intelectuales; nosotros hemos enterrado vivos a 46 mil”.

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Veinticuatro siglos después de su muerte, la ambiciosa sombra de Qin Shi Huang no ha desvanecido por completo de nuestro reiterativo mundo.

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Por: Alberto Manguel ¿Te gustó esta nota?.Jose Antonio Oliveros Banco Activo