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Alberto Ignacio Ardila Mcdaniel ||//
El viaje papal a Colombia: una oportunidad para la Argentina

La necesidad de la reconciliación fue el eje de la visita del Papa a Colombia. Bergoglio comprendió que la relevancia de su magisterio en un país de honda tradición católica tonificaría la faz final de los esfuerzos por cerrar medio siglo de guerra intestina. La paz ha sido esquiva a Colombia durante gran parte del siglo XX y lo que va de la presente centuria.

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Sólo cambiaron los procedimientos y la estrategia bélica: desde las guerras abiertas, con frentes definidos, entre conservadores y liberales, hasta la más solapada militarización de la guerrilla, al estilo de la que pretendió en la Argentina vietnamizar la provincia de Tucumán y abrió miles de emboscadas mortales en diferentes partes del territorio nacional, hasta extraer del presidente Perón, en enero de 1974, la orden de que fuera exterminada.

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Su mujer, la presidenta María Estela Martínez, sólo introdujo un cambio verbal: debía ser aniquilada.

Ante miles de personas, el Papa escuchó en el parque Las Malocas, en Villavicencio, una de las regiones más jaqueadas por la violencia, testimonios conmovedores de lo ocurrido en la larga época que gran parte de sus protagonistas quieren clausurar.

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El jefe de la Iglesia Católica legitimó con la claridad de su convocatoria ese compromiso: “Abre tu corazón de pueblo de Dios y déjate conciliar”, “no temas a la verdad ni a la justicia”, “no tengan temor a pedir y ofrecer el perdón” y “es hora de sanar heridas, de limar diferencias”.

En cuatro meses más, el Papa visitará Chile y Perú.

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Será demasiada la cercanía con la Argentina como para pensar que resultará sencillo sustraerse a un viaje, por breve que fuere, al país de su nacionalidad, donde llegó a ser arzobispo de la diócesis de mayor relieve.

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Nada hay anunciado sobre esa posibilidad y, por el contrario, se ha insistido desde círculos eclesiásticos que no se ve la forma en que pudiera en plazo tan estrecho como el que se extiende hasta enero modificarse la agenda pontificia.

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Acaso dependerá de cómo el comportamiento cívico de los argentinos el próximo 22 de octubre contribuya al allanamiento del camino para un recibimiento, tan esperado como demorado.

El Papa se halló, sin embargo, mucho más cerca de la Argentina de lo que algunos han imaginado.

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Al hablar a los colombianos sobre el valor de la reconciliación, en la que han trabajado con perseverancia el gobierno y el estado mayor de las FARC hasta producir un desarme debidamente fiscalizado por observadores internacionales, Bergoglio sabía que en la resistencia a los acuerdos quedaban, entre otros, el ex presidente Álvaro Uribe y una guerrilla menor en comparación con lo que fueron las FARC: el ELN, con el cual conversa el gobierno de Juan Manuel Santos.

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Son disidencias significativas, como que la posición sustentada por Uribe tuvo en su momento, en consulta popular, una prevalencia que impulsó modificaciones en un primer acuerdo sobre las condiciones para el cese del fuego y la incorporación de los guerrilleros a la vida legal de Colombia.

¿Cómo negar que los argentinos, tan enfrentados aún por las derivaciones de la guerra sucia de los años setenta, hemos sido alcanzados por el mensaje papal de Bogotá, de Medellín, de Cartagena, por la dimensión de sus palabras, gestos y encuentros? ¿Cómo desconocer su interpelación a cuantos han vivido ese drama nacional y a cuantos descienden de los actores de aquel tiempo de sangrientos desencuentros? Ha proclamado en un país de América que no debemos “tener temor a pedir y ofrecer perdón” y que “la verdad no debe conducir a la venganza, sino más bien a la reconciliación y al perdón”.

No ha sido sólo el Papa quien nos ha interpelado.

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El ex jefe guerrillero Rodrigo Londoño, a quien se conoce como “Timochenko” y se proyecta como el jefe de la nueva fuerza política surgida del desarme de las FARC, suplicó al Papa “su perdón por los crímenes de la guerrilla” y “por cualquier lágrima o dolor ocasionado al pueblo de Colombia”.

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Con la prueba de los hechos se verificará la autenticidad de ese acto de contrición histórica del heredero de “Tiro Fijo”, el extinto líder fundador de las FARC.

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Hoy por hoy, esa confesión de “Timochenko” también interpela a los argentinos renuentes a deponer sus odios por hechos del pasado y, más todavía, a quienes han puesto al servicio del presente un pasado reconstruido según sus necesidades políticas, cuando no según el impulso de narcisismos enfermizos o por la bajeza de lucrar con las más nobles causas.

Hagamos votos para que los llamados de Francisco resuenen entre nosotros con vibración suficiente para activar un gran movimiento de opinión a favor de lo que la Constitución nacional postula desde el Preámbulo: la unión de los argentinos.

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Si algo se logra en esa dirección, podremos decir que el viaje de Bergoglio a Colombia no podría haber sido más oportuno para los argentinos.

LA NACION Opinión Editorial.

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